Faust IV (1973): el lujo de subvertir el rock en su propia cuna

 

El 21 de septiembre de 1973 Faust lanzaba Faust IV, su cuarto álbum de estudio. Es, además, uno de sus trabajos más reconocidos, y representaría el último trabajo publicado por el grupo durante su época dorada.

Formada en la ciudad de Hamburgo, para estas alturas Faust había irrumpido de manera magistral dentro de la escena musical alemana ya con su debut en 1971. Aunque diferenciándose estilísticamente de otros representantes alemanes, ya que se abrió camino principalmente en una línea de avant-garde. Con ello, se alejaba de otras grandes propuestas de la «Kosmische Music», como Can, Neu! o Kraftwerk, intentando construir un lenguaje musical propio.

 

Faust y el sello Virgin

Para Faust IV, el grupo se trasladó al estudio Manor, en Oxfordshire, Inglaterra, para trabajar con el sello Virgin. El mismo con el que Mike Oldfield había lanzado el excelso Tubular Bells pocos meses antes, de hecho. Faust había llegado a un acuerdo con el sello, con el que ya había editado el excéntrico The Faust Tapes, que había vendido 50 mil copias. Ello, principalmente, gracias al precio extremadamente bajo al que se vendió (49 peniques. Un LP al costo de un single).

Esa arriesgada apuesta de Virgin por Faust fue una jugada publicitaria que buscaba dar a conocer al grupo en el mercado británico. El riesgo que tomaron se debió, sobre todo, por un bendito malentendido, en el cual los ejecutivos confiaron de manera casi ciega en el grupo, que había llegado con un cartel, ciertamente sarcástico, de ser «Los Beatles de Alemania». Lejos de ello, la propuesta de Faust era solo una: transgredir la música convencional. Pero el naciente sello debía pagar su falta de experiencia de alguna forma.

Este vínculo no duraría. Surgieron crecientes tensiones con los productores e ingenieros de sonido. Los tiempos comenzaban a apremiar para tener listo el disco a tiempo para el sello, y trasladaron esa presión a los músicos. Ellos, en sentido desafiante, incluso pusieron una curiosa amenaza: si recibían solo la mitad del dinero pactado, entonces subirían a los escenarios británicos solo con la mitad de la ropa.

Fuera de ello, Faust se dedicó a disfrutar el trabajo con la élite del rock. Jean-Hervé Peron, bajista del grupo, diría después: «Probablemente fuimos descorteses e irrespetuosos. Lo pasábamos bien con sus secretarias, abusábamos de sus teléfonos, íbamos a restaurantes y hacíamos orgías y le poníamos la cuenta a Virgin. No fue algo muy inteligente».

 

Las canciones de Faust IV

La pista de inicio, de casi 12 minutos de duración, la titularon Krautrock. El título, claro está, era un sarcasmo dirigido a dicha etiqueta, impuesta (hasta donde se sabe oficialmente) por la prensa de habla inglesa. Esta pieza representa muy bien el sentido estético de este movimiento, con una base electrónica de ritmo cíclico y constantes repeticiones sobre las que se desenvuelven destellos sonoros que realzan su sentido caótico y experimental. Lejos de un formato de canción, sus patrones repetitivos construyen una cortina sin catarsis alguna. Un barco a la deriva que, tal como en el horizonte, termina apagándose en un fade out hasta desaparecer por completo.

En su estética rupturista, Faust IV continúa con estridentes gritos que abren The Sad Skinhead. Un sugestivo título cuyos dardos apuntaban a la violencia que domina la vida de los hooligans. La música, basada en un rock simplón, terminaba de delinear el tono burlesco de la canción.

Prosigue la sucia calidez de Jennifer. Este tema abre con el dominio de pulsaciones de bajo, que parecen no dirigirse a ningún lugar, al menos en sus primeros segundos. Poco a poco, junto con una cortina de guitarras que se mueven detrás de la mezcla, esta canción toma su ritmo principal con la entrada de la batería. Una letra tierna, cantada de manera casi hablada, deriva en una cortina electrónica densa y tormentosa. Al apagarse, una disonante melodía de piano es la que termina de dar forma a esta pista de extraña belleza.

La vanguardista Just a Second cae liviana, pero caótica, en el sentido más experimental de Faust y sus arreglos electrónicos aparentemente azarosos. Picnic on a Frozen River, Deuxieme Tableux, en tanto, nos rememora a su álbum So Far, con una primera mitad de groove similar a la pista homónima de dicho álbum, y tomando la melodía corta que aparecía en Picnic on a Frozen River, aunque más desarrollada en Faust IV.

La acústica Giggy Smile funciona, en el contexto del álbum, como el tema más… ¿pastoral? ¿Bonito? Al menos, su sonido más limpio, interrumpido sutilmente por efectos añadidos, sirve como un descanso del caos del álbum, incluso si mantiene una propuesta extraña. Läuft… ¿Heißt Das Es Läuft Oder Es Kommt Bald? Läuft parece una broma, como si se hubiera perdido una pista de The Faust Tapes. Incluso su título da a entender que el grupo no sabía si estaban siendo grabados o no, en una cortina electrónica que va in crescendo solo para apagarse.

Faust IV termina con una sátira al rock, con It’s a Bit of a Pain. Una balada rock suave, que es constante e inoportunamente interrumpida por estruendosos golpes electrónicos. Una subversión del rock en la propia cuna del género, que plantea una suerte de cuadro dadaísta que solo Faust podría haber propuesto en dicha época.

 

Como todo lo que hizo esta banda, Faust IV resulta difícil de masticar, aunque, comparativamente, más accesible que Faust o The Faust Tapes. El quinteto se había dado el lujo de rebelarse contra la cultura musical británica en su propio seno y de abusar de la confianza que había depositado el sello en todos los sentidos que les fue posible.

Para cualquier agrupación de la época, habían desaprovechado una oportunidad de oro para catapultarse al éxito masivo. Pero para Faust, esta broma estaba dentro de su propio ADN. Después de todo, si el grupo hubiera aprovechado esa plataforma, no hubiera podido ser, en esencia, el Faust que trascendió en el tiempo.