Aquel destello llamado «black midi»
No soy tímido con lo que siento por black midi (…) los comparo —y con razón— con King Crimson
Bill Bruford, Talkhouse Podcast, 2025
En la segunda mitad de la década de 2010, Londres vivió una reconfiguración silenciosa, y luego ruidosa, de su underground más rockero. En esa escena, alimentada por circuitos de clubes pequeños y audiencias ávidas de riesgo, surgió black midi (así, con minúsculas), un conjunto cuya aparición no puede explicarse solo como “una nueva banda experimental”.
En ese sentido, estos británicos conformados originalmente por Geordie Greep (voz principal, guitarra y también teclados/otros instrumentos en grabaciones), Cameron Picton (bajo, voz y ocasionalmente teclados o guitarra), Morgan Simpson (batería y percusión) y Matt Kwasniewski-Kelvin (guitarra y voz), más apoyos de bronces en vivo, eran más bien una especie de síntoma. Esto es, la necesidad de volver a pensar el formato banda como dispositivo de colisión entre virtuosismo, fragmentación rítmica y narrativa sonora.
Formados en 2017 y asociados tempranamente al circuito de The Windmill (Brixton), black midi consolidó un lenguaje sumamente creativo en apenas tres trabajos de diamante: «Schlagenheim» (2019), «Cavalcade» (2021) y «Hellfire» (2022).
Si se busca el origen real de black midi, no basta con rastrear fechas, hay que rastrear un método. Antes de la narrativa mediática, hay ensayos extensos, shows frecuentes de pocos asistentes y el aprendizaje del caos como disciplina.
Allí es donde se pule un tipo de performance donde la música no “fluye” como en una banda ordinaria, sino que se precipita de forma cacofónica, casi arrastrada por la gravedad. La crudeza de su primer período se cristaliza con “bmbmbm”, pieza que desde su estructura mínima funciona como manifiesto, donde la repetición obsesiva, tensión acumulativa y una forma vocal que oscila entre la declamación y la amenaza demuestran que la violencia musical puede ser conceptual, y no solo debido a la pesadez o las distorsiones de las guitarras.
El single fue editado en 2018 bajo el sello Speedy Wunderground del productor Dan Carey (sin relación con Danny Carey), y allí ya se distingue una idea, donde el rock y el jazz modernos pueden reconstruirse y revitalizarse desde la mecánica, como si fuese un ensamblaje industrial.
La trilogía
El debut «Schlagenheim«, editado por Rough Trade el 21 de junio de 2019, no es un debut ordinario, sino la documentación de una insólita banda que se comporta como un sistema dinámico no lineal, y aunque su superficie parece caótica, su interior está sostenido por un rigor exquisito de ejecución. De hecho, en aquella época se insinuaba que este trabajo no trataba de capturar la experiencia de la banda en vivo, sino de ampliar recursos tímbricos y texturales.
Piezas como “953” o “Ducter” permiten comprender la sonoridad inicial del grupo, donde los riffs abruptos, quiebres violentos, guitarras que no “acompañan”, sino que disputan el beat con una batería que irrumpe con una sensibilidad cercana a lo jazzístico en su independencia. Aquí aparece con claridad el rasgo progjazz, no como una etiqueta estilística, sino como manera de organizar el tiempo.
Ya en este primer trabajo, encontramos que el tiempo es una de sus grandes armas secretas. Aceleraciones súbitas, síncopas desplazadas y cortes que niegan cualquier expectativa tradicional. Si «Schlagenheim» era energía fulgurante con lógica interna, «Cavalcade» (2021) representa un salto hacia la composición dramática, comenzando a construir obras con sentido de escena, casi teatrales.
La reconocida y exquisita “John L” funciona tan bien porque el frenesí no es improvisado o un mero vehículo de delirios de los muchachos, sino que presenciamos una coreografía altamente ensayada y precisa. Hay allí una estética del colapso controlado; como si black midi tomara la tradición del prog y la sometiera a la agresividad del post punk más dislocado, atravesado por métricas de jazz contemporáneo.
En este período, además, se consolida un tipo de narrativa vocal asociada al ahora reverenciado solista Geordie Greep; una voz que no busca “emocionar”, sino declamar desde una extrañeza formal. Esa cualidad narrativa, más literaria que confesional, se vuelve progresivamente central, y con los años ha servido de influencia para agrupaciones modernas de todos los puntos de la tierra, como los celebrados chilenos de Hesse Kassel.
Con «Hellfire» (2022), black midi alcanza su punto de mayor densidad artística. Si «Cavalcade» insinuaba teatralidad, el fuego del infierno la convierte en arquitectura total, con piezas que se sienten como episodios, personajes y atmósferas de un mundo grotesco. Encontramos en “Welcome to Hell” un despliegue digno de un cabaret infernal, mientras que en “Sugar/Tzu” tenemos un show off vertiginoso de espectáculos métricos.
Aquí el progjazz ya no es solo técnica, sino que una verdadera estética cacofónica del más alto nivel. La banda opera como un ensamble donde el rock se mezcla con procedimientos cercanos a música de cámara, big bands y burlesque.
¿El final?
En agosto de 2024 se confirmó que black midi entraba en una pausa indefinida, en un contexto donde sus integrantes pasarían a enfocarse en trabajo solista. Esto nos trajo auténticas joyas como «The New Sound» (2024) de Geordi Greep.
Lamentablemente, aquella pausa indefinida nos sabe peor en las últimas horas. La noticia del fallecimiento de Matt Kwasniewski-Kelvin en la fecha que escribimos estas líneas, nos cayó como un verdadero balde de hielos.
Si bien desde 2021 se había conocido que la salida de Matt era debido a problemas de salud mental, obligando a la agrupación a funcionar como trio; su muerte a los 26 años es particularmente dolorosa, puesto que no encaja, y nos destroza. Para él y su familia, están dedicados estos párrafos.
Por otro lado, black midi funcionó como dispositivo de máxima intensidad, y la intensidad tiene costos. No todos los proyectos que queman tan fuerte están hechos para durar intactos, pero eso no los vuelve menos verdaderos; y lo que Matt dejó en los surcos de «Schlagenheim» y en sus composiciones del segundo trabajo ya forma parte de la historia de la música experimental, para siempre.
Lo que venga después, si viene, no tendrá que competir con eso, solo tendrá que ser honesto con lo que fueron.







