La mirada al abismo de «Still Life» de Van der Graaf Generator
Para mí, Jimi Hendrix es a la guitarra lo que Peter Hammill es a la voz.
Robert Fripp
Hay discos que parecen estar puestos en una vitrina eterna para ejemplificar cómo fue una era musical determinada. En el rock progresivo británico más clásico, los ejemplos que se nos pueden venir a la cabeza son tan obvios y repetidos que no necesitamos ni insinuarlos acá.
Y eso es un poco triste, ya que existen álbumes igual de poderosos que todas las «cortes» o las «cercanías a la orilla», que quedan enterrados por esa capa de vacasagradismo (término que acabo de inventar), pero que además son aún más extraños, o incluso más intensos, y definitivamente más incómodos.
¿De qué estamos hablando?
Tras la primera gran era de Van der Graaf Generator, esa de «The Least We Can Do Is Wave to Each Other» o «H to He, Who Am the Only One» (ambos de 1970) y, por supuesto, «Pawn Hearts» (1971), la banda se había fracturado en 1972 por agotamiento, precariedad económica y una sensación de desgaste acumulado que no era precisamente menor.
En ese sentido, la agrupación de Peter Hammill en voz, Hugh Banton (órgano), David Jackson (saxofones) y Guy Evans en batería y percusiones había dejado una vara tan alta que eran la envidia (sana, porque eran muy amigos) de sus compañeros de sello, el Genesis de Peter Gabriel; y hasta Robert Fripp colaboró en su último esfuerzo discográfico hasta ese entonces.
Hammill siguió una carrera solista brillante, obsesiva y cada vez más radical, que culminó en ese artefacto proto punk llamado «Nadir’s Big Chance» (1975), que influyó de manera decidida en la concepción de «The Lamb Lies Down on Broadway» (1974).
Pero la reunión de la banda en 1975 no fue un ejercicio de nostalgia ni un gesto de supervivencia comercial, sino una reactivación creativa total. La vuelta con «Godbluff» (1975) ya había demostrado que el grupo estaba de regreso con un tremendo filo, sin necesidad de replicar la fórmula de su ultimo LP de 1971.
Así, el trabajo que nos convoca, «Still Life«, fue el siguiente paso lógico.
Grabado en Rockfield Studios entre el 12 y el 25 de enero de 1976, con las piezas «Pilgrims» y «La Rossa» provenientes de las sesiones de «Godbluff» y recurrentes en su setlist en vivo de la época; fue producido por la propia banda con Pat Moran en la ingeniería de sonido, el álbum fluyó de manera impresionante en una gran armonía de los músicos, casi sonando como una criatura viva.
Así, la música se profundizó en muchos aspectos con respecto a su antecesor, notable considerando que solo hubo seis meses entre ambos trabajos. Era seca cuando debía serlo, expansiva cuando se exigía abrir compuertas y extraordinariamente precisa en la captura de la voz de Hammill, ese instrumento que no canta solamente, sino que murmura, declama, araña, ruge, implora y sentencia.
A ello se suma una portada magnífica y no siempre bien comprendida, una figura de Lichtenberg, es decir, una descarga eléctrica real congelada en acrílico, un guiño perfecto al nombre de la banda y a la idea de una energía detenida en el instante mismo de su violencia.
¿Dijimos violencia? Es que la hay y bastante. Las letras y la música se basan en aspectos bastante oscuros de la vida, expresando la desesperanza y las dificultades ante las cuales podemos estar. Sin embargo, el mismo disco se encarga de mostrar la luz, bajo el mensaje de que, a pesar de que la vida puede ser dura, esta siempre entrega alguna esperanza y un propósito.
Esto, en la composición, se define por cambios y contrastes notorios, desde pasajes íntimos a otras expresiones llenas de energía. «Still Life», lanzado un 16 de abril de 1976, es justamente eso, una descarga, y una naturaleza muerta que todavía chisporrotea.
Una mirada al abismo
La ya clásica «Pilgrims» abre el disco con una solemnidad casi litúrgica, pero sin la pompa vacía de cierto progresivo que por aquellas épocas comenzaba a mostrar sintomas de dinosaurismo. Acá todo pesa. El órgano de Banton sostiene una arquitectura armónica severa, Evans se posiciona con las baquetas con una inteligencia rítmica admirable, y Jackson se reserva para empujar la pieza hacia uno de esos clímax que no necesitan gritar con mil capas de distorsión para quebrarnos por dentro.
La pieza trabaja sobre la alienación, el extravío y la búsqueda de sentido, aunque curiosamente lo hace desde una esperanza que no es frecuente en el universo hammilliano. Los silencios métricos de los versos iniciales obligan al oyente a caminar con la banda, como quien avanza a tientas; y cuando finalmente llega el estribillo, lo que aparece es una suerte de himno para seres perdidos.
Estamos solos, sí, pero no somos inútiles; somos peregrinos en esta vida. Una verdadera obra maestra, y una forma impecable de abrir un álbum que entiende la fragilidad humana sin caer jamás en la autocompasión.
Luego viene la extraordinaria pieza homónima que se erige fácilmente como una de las cumbres compositivas de toda la discografía de VDGG, y una banda que se encuentra en verdadero estado de gracia. Todo, mientras escuchamos a Peter sobre una ciudadela donde la muerte ha sido erradicada, y la vida pierde tensión, propósito y espesor. La añorada inmortalidad del ser humano se convierte así en una condena.
La composición se mueve desde una introducción casi hímnica, con resonancias de iglesia gótica, hacia un groove de un Hammond abrasivo que por momentos roza una ferocidad digna de Jon Lord en los momentos más pesados de Deep Purple, aunque con una inteligencia dramática completamente distinta.
Hammill está sencillamente colosal, pasando de susurros escalofriantes a rugidos increibles, del reproche al lamento terminal, mientras Jackson entra con un saxofón desgarrador. Por otro lado, esa brillante coda merece ser colgada en un cuadro en la galería de arte mas laureada que podamos pensar.
Pocas piezas de música popular han explicado con semejante brillantez que sin muerte no hay urgencia, y sin urgencia no hay vida verdadera.
Luego viene «La Rossa«, y acá el disco cambia de eje sin perder intensidad. Si «Still Life» piensa la eternidad como una cárcel, este track nos ilustra el deseo, las ganas de transgredir y el hambre intrínsecas del ser humano.
El desarrollo instrumental sigue estando soberbio, con la flauta y los saxos de Jackson, el órgano musculoso de Banton, la batería siempre certera de Evans, mientras la tensión armónica crece hasta desembocar en uno de los pasajes más electrizantes de toda la discografía del grupo.
Hay algo de progjazz en ese estallido final, pero no en el sentido ornamental del término, sino como liberación. Y la letra, con esa decisión de cruzar una línea que destruirá la amistad tal como era conocida, convierte la canción en un drama erótico de altísimo voltaje.
Después de la grandilocuencia de «La Rossa», «My Room (Waiting for Wonderland)» se repliega a una intimidad de arreglos espaciosos y crepusculares, con el saxo de Jackson flotando como un recuerdo que no termina de irse jamás. Hammill canta desde una profundidad inusualmente contenida, y la pieza se convierte en una meditación sobre la espera, el abandono y la promesa siempre postergada de un mundo perfecto que no existe.
Así, cerramos con la gran épica de «Childlike Faith in Childhood’s End«, una mole gigantesca y sublime que corona el álbum con una mezcla de escatología, ciencia ficción, angustia filosófica y anhelo de trascendencia.
Inspirada en una novela muy afamada de Arthur C. Clarke llamada «Childhood’s End» (la que, por cierto, también inspiró a bastantes canciones de Genesis), va construyendo un discurso sobre la humanidad, la fe, la evolución y el fin de una etapa espiritual.
Musicalmente, es un prodigio de composición, donde todo está absolutamente medido para conducirnos desde la inocencia inicial de la flauta hasta un clímax final, donde órgano, saxos, batería y voz parecen empujar al ser humano fuera de sí mismo. Cuando Hammill grita “Silence!” y la banda se detiene, el efecto es de verdadera puñalada sonora.
VDGG proclama que en la muerte del simple humano comenzará la verdadera vida.
La recepción de «Still Life» en su tiempo fue positiva, aunque nunca masiva, ya que VDGG nunca fue una banda sinfónica del gusto de las masas. Eran demasiado oscuros, demasiado secos y extraños, todo unido a la crudeza de una voz impredecible y peligrosa que los convertía en una rara avis, incluso para el prog.
La gira de promoción de este trabajo y su inmediato sucesor salido apenas 6 meses después, «World Record«, comenzó el 10 de octubre de 1976 en el Reino Unido y se extendió hasta el 11 de diciembre de 1976, recorriendo principalmente Europa occidental, en una serie de shows intensos y bastante exigentes que reflejaban tanto la complejidad del disco como el carácter oscuro de esta etapa de la banda.
Dentro de ese período también habría espacio para una pequeña gira en Norteamérica gestionada por el gerente de Charisma Records Tony Stratton Smith; pero que, por problemas de promoción de Mercury Records (que no daba un duro por la agrupación) y logística, terminó reduciéndose a una sola noche del 22 de noviembre de 1976, en el club The Bottom Line en Nueva York, convirtiéndose en el único show que daría VDGG en tierras americanas en la década de los 70′.
Por cierto, con una promoción casi nula, fue sold out en pocas horas.
Allí, estaría un joven Jordan Rudess (tecladista de Dream Theater) de 20 años, quien décadas más tarde diría que fue el mejor show que ha presenciado en toda su vida.
Te recomendamos ver en nuestro canal de YouTube el documental de aquel show, creado por los fanáticos de VDGG y subtitulado al español por nosotros.
Devastador
A exactos cincuenta años de su aparición a la hora de escribir estas líneas, «Still Life» sigue sonando como una obra fuera de época, o mejor dicho, por encima de ella. No tiene la «fama» automática de «Pawn Hearts», pero compite de cerca con cualquiera de las cimas del catálogo de la banda.
Y lo hace con una autoridad tremenda, con una unidad conceptual impecable, cinco composiciones realmente brillantes dignas del mejor catálogo de greatest hits del rock progresivo, y una interpretación que parece al borde del colapso sin perder nunca el control.
Simplemente, una de las obras más devastadoras y lúcidas de toda la década, que merece ser recordada de una forma mucho más transversal.







