«Grimalkin» de Pattern-Seeking Animals, un gato no tan maléfico
Desde su debut homónimo de 2019, el cuarteto norteamericano de Pattern-Seeking Animals ha entregado cinco álbumes sorprendentemente consistentes que están dentro de lo mejor del progresivo contemporáneo, especialmente en su vertiente más melódica.
Si nunca has escuchado hablar de este ensamble, te sugerimos que comiences desde el principio con el debut homónimo y vayas en orden cronológico; pero si estás apurado, deberías colocarte YA el segundo «Prehensile Tales» (2020) para ver de qué va todo esto.
Estas líneas estarán dedicadas al recientemente lanzado «Grimalkin», aparecido el 21 de agosto de 2026 a través de Giant Electric Pea, llegando con cierta incertidumbre: ¿Hasta cuánto puede sostenerse un proyecto con música estable antes de que la estabilidad misma se convierta en el problema?
El grupo se formó en 2018 en torno a John Boegehold, tecladista, compositor y productor que durante más de una década había escrito y producido material para Spock’s Beard sin figurar jamás como miembro oficial. Para llevar esas canciones al disco convocó a Ted Leonard (voz y guitarras), Dave Meros (bajo) y Jimmy Keegan (batería), todos integrantes presentes o pasados de Spock’s Beard.
Así, la alineación no se ha movido desde entonces y Boegehold compone, arregla, programa, produce y suma mellotron, guitarra y mandolina, aunque se abstiene de subir al escenario con el grupo.
Haber nacido a partir y seguir orbitando una de las agrupaciones de rock progresivo más fructíferas salidas de los años 90′ los persiguió durante años, etiquetándolos erróneamente de banda en la banca de los suplentes; una lectura que nunca fue justa y que hoy resulta francamente obsoleta.
Spock’s Beard volvieron en noviembre de 2025 con «The Archaeoptimist» (lo tenemos reseñado acá), su primer trabajo en siete años, con Nick Potters en el sillín de la batería y Ryo Okumoto como nuevo líder de facto. Esto resultó sumamente conveniente para Pattern-Seeking Animals, ya que quedó por fin liberada de una comparación que solo servía para medirla con una vara ajena.
Grimalkin aparece en el inglés del siglo XVI como variante de graymalkin, o gata gris en español, y Shakespeare lo popularizó en «Macbeth» como nombre del familiar felino de una de las brujas. Un título convenientemente proggy para un disco que, salvo en su instrumentación, no coquetea demasiado con lo sobrenatural; de hecho, aquí no hay un concepto estricto que amarre las ocho piezas, sino un ánimo compartido de pérdida, memoria y caminos equivocados.
Así, tenemos ocho canciones y 48:24 en total, cuatro de ellas cronometrando más de siete minutos; donde la consigna de Boegehold no ha variado desde el principio, y es la que explica tanto sus virtudes como sus límites. De esta manera, no encontraremos virtuosismo por el virtuosismo, y cada nota estará medida y calculada al servicio de la canción.
Leonard cifra sus solos en frases melódicas antes que en carreras de escalas; mientras Meros y Keegan sostienen sin reclamar protagonismo, y los teclados operan como sección de cuerdas de una banda sonora que solo busca dar realce a la pieza en cuestión. Si eres fan de este tipo de ensambles donde la composición lleva el estandarte, Pattern-Seeking Animals es la banda moderna que andabas buscando.
Por cierto, la producción tiene ese tinte de retroprog ochentero que puede que no guste a todos los paladares del progresivo contemporáneo de 2026, pero aun así, tampoco rompe demasiado con la experiencia para aquellos amantes de los sonidos profundos y cristalinos a la Steven Wilson.
Además, el arte de portada de «Grimalkin» es de Laura Nagel, ilustradora argentina que trabaja en la intersección de la fotografía y el arte digital, con un repertorio de criaturas entre lo onírico y lo siniestro.
Ocho viñetas cinematográficas
El viaje comienza con la dramática intro de «Maybe All a Dream» con una melodía lenta de guitarra y cuerdas, hasta que un sintetizador rompe el mood e instala una métrica que alterna compases de 6/4 y 7/4 bajo un mellotron desarrollado con gusto.
La pieza se asienta luego en un 7/4 constante que uno apenas advierte, ya que casi parece un terrenal 4/4; y allí radica uno de los puntos fuertes de «Grimalkin», esto es, complejidad métrica disimulada bajo melodías muy fácilmente tarareables para el oído.
Una de las piezas favoritas para este editor de todo el trabajo es la compleja «A Flower Yet to Grow», que, si bien sube la carga retro con un apropiado mellotron y moog, es lo suficientemente entretenida para mantener nuestra atención durante los siete minutos y medio completos.
La letra insinúa un vínculo truncado por la tragedia, para luego desembocar en un pasaje exquisito de teclados y guitarra que justifica por sí solo la compra del disco.
«Jade Sky» arranca con cuerdas en pizzicato y agrega bronces para construir una pieza simultáneamente luminosa y contenida, sobre una base imperturbable de Meros y Keegan; otra vez, la música es más amable que su subtexto.
«Things I Don’t Do» es una verdadera clase magistral de que una pieza simple bien llevada a cabo de poco más de dos minutos puede ser más efectiva que una de 15 que no diga mucho y se repita ad nauseam.
Acá tenemos solo a Leonard, un piano y unas armonías apenas insinuadas mientras enumera los gestos cotidianos abandonados tras una pérdida. Si bien de entrada puede sonar como una suerte de relleno, es la pieza más desnuda del disco y también la más devastadora.
Levantamos el ánimo con «Break Away» con sus sintetizadores y un estribillo triunfal que funciona como el gran gancho de la segunda mitad, mientras «Traveler on the Wrong Road Home» nos trae una apropiada trompeta en una cama de mellotron que evoca directamente a «Lizard» de King Crimson, o incluso a alguna BSO de Ennio Morricone, contrapesada por un violín pseudogitano. Es, con toda seguridad, la pieza más singular de todo el catálogo de Pattern-Seeking Animals.
Probablemente, «Slowly Falls the Flying Man» es la cumbre del LP con esa apertura renacentista de flauta dulce y clavecín, para luego alternar ese mundo con uno mucho más rockero, en un péndulo que nunca se agota; y, por cierto, escuchamos apropiadas influencias de Focus, Kansas o incluso de Gentle Giant.
La pieza trata sobre el mito griego de Ícaro sobre una progresión vocal en 7/4 para deleite de cualquier proghead en busca de música melódica; todo con una buena batería de Keegan, un solo de violín de Joe Deninzon y exquisitos sintetizadores.
Probablemente el disco debería haber cerrado allí, ya que el verdadero cierre de «I Dream the World» es una balada de tres minutos y medio que podría pasar por un éxito menor de Asia. Bonita, aunque un tanto olvidable.
Un gato no tan maléfico
«Grimalkin» es un disco notablemente bien hecho, con arreglos de gusto impecable y una paleta tímbrica resultona e inofensiva, y bastante más variada que la de sus antecesores.
Debemos dejar en claro que bajo esa instrumentación variada late exactamente la misma arquitectura de «Prehensile Tales» (2020), «Only Passing Through» (2022), «Spooky Action at a Distance» (2023) y «Friend of All Creatures» (2025).
La banda no ha publicado jamás un mal disco, y al momento de escribir estas líneas, la racha sigue impecable. Esto es probablemente su mayor mérito y su mayor condena, ya que tener seis veces consecutivas una vara al mismo nivel de altura es una proeza que muy pocos pueden exhibir; pero al mismo tiempo, aquella vara empieza a parecerse a una especie de zona de confort que para un séptimo trabajo puede hacerse un tanto repetitivo.
Esperemos que no sea el caso.
Quien busque ese prog amargo que incomode, que lo sorprenda o lo haga decir qué carajos estoy escuchando, no la encontrará acá. En cambio, quien disfrute del prog bien escrito, ejecutado por músicos que no tienen nada que demostrar, encontrará casi tres cuartos de hora de placer sin sobresaltos.
«Grimalkin» es un muy buen disco de una banda acostumbrada a hacer muy buenos discos. Un tanto seguro, pero muy bueno a fin de cuentas.






