El debut de Iconoclasta fue una apuesta de fe
En 1983, el rock progresivo clásico era una especie de objeto indeseable guardado en el cajón más oscuro, telarañoso y polvoso de la bodega. Claro, para aquella época bandas como Genesis publicaban un disco homónimo de una suerte de progpop, o teníamos a gente como Yes, que regresaba con «90125». Siendo ambos grandes trabajos de excelente música, no tenían mucho que ver con las bandas que aprendimos a amar de los años 70′.
Los otros grandes nombres del género o se habían convertido en excelentes y vanguardistas actos de nicho forzados por los sellos discográficos a salir a un público más amplio mediante videoclips y singles (como es el caso de King Crimson), o sencillamente, habían desaparecido, a la ELP o Gentle Giant.
Precisamente en 1983, desde la Ciudad de México, un quinteto decidió caminar exactamente en la dirección contraria. Su nombre, de hecho, lo dice todo: Iconoclasta.
Si en nuestra reseña del oscuro «Hecho en Casa» de Nuevo México hablábamos de la clandestinidad a la que fue empujado el rock mexicano tras Avándaro, en los primeros años 80′ el panorama no era mucho más amable para quien pretendiera grabar música instrumental, extensa y compleja.
Hubo, eso sí, una pequeña escena sinfónica y experimental que ilusionó en el cambio de década a galope de nombres como Chac Mool y Decibel, quienes habían debutado en 1980, pero fue Iconoclasta quien, contra viento y marea, terminaría sobreviviéndola, hasta convertirse en el nombre que, fuera de México, remite casi automáticamente al prog azteca.
La historia comienza a mediados de los 70′, cuando Ricardo Moreno y Ricardo Ortegón armaron una banda rockera como tantas otras de versiones de Deep Purple, Led Zeppelin, Grand Funk y The Who, con Moreno todavía en el bajo. En 1978 se sumó el baterista Víctor Baldovinos y llegaron las primeras composiciones propias que resultaron ser piezas de hard rock con evidentes pretensiones progresivas.
A fines de 1979 ingresaron Nohemí D’Rubín en el bajo y Rosa Flora Moreno, hermana de Ricardo, en los teclados; Moreno pasó a la guitarra y en 1980 nació formalmente el grupo.
El nombre era toda una declaración de principios, porque hacer progresivo en el México de entonces era, literalmente, derribar imágenes establecidas.
Ante la indiferencia de las disqueras comerciales, tomaron la valiente decisión de fundar su propio sello, Discos Rosenbach (nombre que se nos antoja tomado por la banda italiana Museo Rosenbach). Tras tres años de estudio, ensayos y conciertos, registraron y mezclaron un debut durante el otoño y el invierno mexicano de 1983, con mezcla de Alex Eisenring y Víctor Ruiz del Valle, y lo presentaron en diciembre bajo el código DR 001, para quien quiera buscar una copia de época en Discogs.
Así, era una especie de culminación de todo lo que se había soñado y perseguido; una especie de ópera prima de la banda, pero también la primera piedra de una de las trayectorias independientes más inquebrantables del continente.
Lo primero que sorprende es su positivo anacronismo y su inusitada inaccesibilidad para ser un trabajo salido de un mundo musical tan directo y sobreproducido como el que ya había en 1983. De no conocer la fecha, cualquiera lo situaría hacia 1977, y con una fuerte herencia del rock progresivo italiano, que para los primeros años ochenta, estaba más que fallecido.
Aunque, si queremos ser veraces, también tenemos algunas influencias de gente como Kansas, que estaba explorando lugares similares hacía pocos años.
Rosa Moreno se rodea de piano acústico, piano eléctrico y sintetizadores, mientras la doble guitarra de Moreno y Ortegón (todo un arsenal de eléctricas, acústica, clásica y de doce cuerdas) alterna fraseos de clara inspiración hackettiana unidos a veloces solos jazzeros de corte fusion. Las sombras de siempre de Yes, Genesis y la PFM están ahí, sin disimulo, pero el disco también respira jazz rock y una preciosa ambición que ya se advierte en sus títulos.
Es, además, un álbum prácticamente instrumental, cuya única voz aparece al final y sin palabras. Y si bien la producción delata un presupuesto modesto, aquello no le resta encanto, ya que el quinteto suena hiperensayado, muy seguro y con sus ideas musicales clarísimas.
Siete cuentos de un hechicero
La cara A abre con «Cuentos de Arquicia», una carta de presentación a la Kansas ágil y de tempo acelerado, donde los teclados y sintetizadores entran en «modo guerra» y las guitarras se reparten el protagonismo. Es la clase de apertura que, en apenas cinco minutos, deja claro qué tipo de disco y músicos tenemos entre manos.
Aparece «Dorian», cuyo título, más que a Wilde, parece citar el modo dórico. Así, arranca con calma y va ganando tensión, cuerpo y velocidad, con ese piano eléctrico empujando hacia terrenos jazzeros, fusionándose con una guitarra que termina por robarse la escena, un bajo de D’Rubín virtuosísimo y con más ideas musicales que muchas discografías completas.
Sí, puede sonar a show off, pero de esos show off exquisitos que en vivo te hacen estar de pie todo el momento esperando por el próximo cambio de compás.
Llegamos entonces a uno de los puntos altos del álbum. «Manantial» es una pieza lenta y cuidadosamente trabajada, que, aunque revela un poco su origen ochentero, construye una atmósfera preciosa sobre la que se desenvuelven motivos de jazz rock y acentos de música docta. Una pequeña joya que anuncia el camino que la banda recorrería en sus futuros trabajos.
La cara cierra con «Memorias de un Hechicero», firmada por Moreno y Baldovinos, y la más extensa de este lado del vinilo. Muchos la han comparado con «Il Banchetto» de la PFM, o incluso con «Mr. 9 ‘Till 5», pero al contrario de sus contrapartes italiana, rápidamente se interna en una especie de jazz/jazz fusion a caballo del bajo de D’Rubín, el cual nuevamente nos abre la mandíbula.
La cara B se abre con la guitarra neoclásica de «Estudio VI» (la segunda edición del LP acredita la autoría a E. Pujol, en aparente referencia al guitarrista y pedagogo español Emilio Pujol) antes de que el grupo completo irrumpa y transforme aquel estudio docto en rock sinfónico.
A estas alturas, las ideas musicales por pieza son tantas que, o hemos mejorado un par de puntos de CI, o estamos atolondrados e hiperestimulados ante tantas variaciones.
«Origen, Cúspide y Muerte» es, quizás, la pieza menos memorable del conjunto, pero tiene ese saborcillo a Los Jaivas de aquel momento, o a la época más synclavierística de Jean-Luc Ponty, solo que un tanto más cheesy. En todo caso, el virtuosismo no se discute.
Y como si hubiésemos tenido pocos motivos musicales para digerir, el gran final alza la vara incluso un poco más. El tour de force «Fuera de Casa» es la pieza más larga del LP y la que mejor se ajusta a la definición del rock progresivo de pura cepa.
Métricas complicadas, clímax sucesivos, sintetizadores al frente y un despliegue instrumental que se para de tú a tú con cualquier propuesta anglosajona. Su momento más emotivo lo aporta la dotada voz de Rosa, que se eleva sobre la banda como un último gesto de grandiosidad y belleza, que a la postre cierra el álbum en lo más alto.
Un iconoclasta con fe
Viéndolo en retrospectiva, el debut de Iconoclasta es fácilmente uno de los más ambiciosos de cualquier banda de Latinoamérica. Quizá algunos pasajes se extienden más de lo necesario y las influencias se llevan demasiado a la vista; de hecho, la banda ajustaría un camino aún más propio dos años después con «Reminiscencias» de 1985, pero, hey, tampoco vamos a pedirle humildad, contención y absoluta novedad a un debut progresivo, ¿no?
Juzgarlo por eso sería no entender que, en uno de los peores años posibles para el género, cinco músicos sin disquera ni apoyo mediático grabaron, editaron y distribuyeron un disco de rock progresivo en español con sus propios medios, un trabajo que puede incluso sobrepasar a varios esfuerzos europeos de la época.
Más de cuarenta años después, «Iconoclasta» suena, contradictoriamente, a una apuesta de fe. Una banda que derribó la imagen de que en México ya no había espacio para el progresivo, y que en su lugar levantó una casa donde el género todavía vive.
Y aquello, lo celebramos. Feliz Día de la Independencia a nuestros amigos mexicanos.







