Aisles y «Hawaii», un manifiesto sobre la belleza de la libertad
Ese deseo de volver a sentir que pertenecemos a la Tierra, incluso si algún día estamos a años luz de ella, representa el corazón de Hawaii
Germán Vergara
La crónica del desarrollo de Aisles como una de las agrupaciones más importantes del rock y metal progresivo latinoamericano del siglo XXI es una clásica historia de resiliencia de una agrupación talentosa en un país que no presta mucha atención.
En 2001, Germán Vergara, Rodrigo Sepúlveda y Luis Vergara empezaron a juntarse en Santiago a componer material propio, para luego en 2003 sumar a Alejandro Meléndez en los teclados y Sebastián Vergara en la voz principal, y lo que había nacido como un demo terminó publicándose como «The Yearning» (2005) por la sola calidad de lo que estaban escuchando en la consola.
La maduración llegaría muy rápido, pues vino después «In Sudden Walks» (2009), inspirado en la literatura existencialista y el teatro, nominado a Mejor Disco Extranjero en los Prog Awards italianos y llave de entrada al festival Crescendo en Francia, donde fueron la única banda sudamericana invitada.
Al final de esos surcos, estaría la primera semilla de la obra magna que estaría por venir.
Y claro, Aisles siempre tuvo una sensibilidad anglosajona a la hora de componer música, cosa que le ha valido un reconocimiento y fanaticada muchísimo más grande que en su propio país, que a la postre le ha servido para internacionalizar rápidamente su carrera.
Luego de la salida de Luis Vergara, el ingreso de Daniel Baird-Kerr en el bajo y el celebrado «4:45 AM» (2013), Aisles comenzó a abrirse paso en la radio y la prensa europea. Con la llegada de Juan Pablo Gaete a los teclados, quedó armada la que es para muchos su «formación clásica», la alineación que grabaría su obra mayor.
Las primeras ideas empezaron a aparecer casi inmediatamente después de «4:45 AM». Como te comentamos, la semilla original estaba escondida en la coda de «In Sudden Walks» llamada «Hawaii», donde un tripulante rescata un gramófono y un vinilo de la destrucción de la Tierra.
Aisles decidió tomar dichos motivos musicales y conceptuales para desarrollarlos a lo largo del doble álbum, de modo que «Hawaii» es, en rigor, una autocita expandida hasta convertirse en universo.
Primero compusieron libremente, improvisando en la sala de ensayo, y solo en algún punto del camino decidieron que aquello sería un álbum sobre el futuro. A partir de esa decisión, conceptos y arreglos se reordenaron solos. Germán escribió casi todas las letras en soledad y se tomó meses para hacerlo. Solo «Terra» y «CH-7» las trabajó paralelamente con Sebastián, antes de que la banda se encerrara a grabar.
Para el registro de este nuevo trabajo, y tal como te adelantamos, se fueron diez días consecutivos a Estudios del Sur, un estudio en el campo, fuera de Santiago, sin ciudad alrededor, y tocaron prácticamente en vivo, los seis juntos.
Esa convivencia queda plasmada en el trabajo, con esa química irrepetible de músicos tocando en el mismo lugar, dejando respirar a los instrumentos y tomando decisiones en el momento. La ingeniería y efectos quedó a cargo de Rodrigo Martínez, la mezcla de Angelo Marini en CHT Estudios y la masterización del estadounidense Adam Ayan en Gateway Mastering, con producción de Germán Vergara.
Y, por supuesto, una banda de tan altas aspiraciones debía tener un trabajo conceptual a esa altura. El relato cuenta que, ante la destrucción definitiva del planeta, un grupo secreto de científicos, técnicos y filántropos ejecuta un plan para salvar a la especie y lo mejor de su herencia cultural.
El último despegue ocurre alrededor del año 2300, que los colonos rebautizan como Año Cero. De hecho, hay fechas donde cada episodio tiene una cronología propia: Before Space Era, Space Era, y las escenas van desde unos pocos años antes de la evacuación hasta miles de años después.
Germán ha sido explícito en que la primera capa explica el nacimiento de una mejor sociedad, con enorme desarrollo tecnológico y un respeto profundo por la individualidad, pero cargando el peso de una nostalgia irreparable; muy al estilo de la pluma de Neil Peart. Los referentes visuales que la banda declaró (2001: Odisea del espacio, Blade Runner, Interstellar) están ahí, en el uso del silencio y en la escala de los planos.
Notable es la referencia del Club Hawaii, el local donde los colonos van a recordar cómo era la vida en la Tierra, que toma su nombre de un club que existió en los años cincuenta y un disco de jazz. Junto a ese vinilo y su gramófono, la otra reliquia venerada es una serie de poemas anónimos atribuidos a una figura llamada apenas El Poeta.
Allí, los últimos sobrevivientes de la humanidad pueden volver a experimentar, aunque sea por unas horas, las sensaciones de la Tierra desaparecida, como el olor del mar, la humedad de la tierra, la brisa, los libros rescatados del antiguo mundo y el consuelo de una memoria compartida.
Sin embargo, Club Hawaii es también un espacio de liberación, un lugar donde el arte, la filosofía, el placer, la belleza humana y la exploración de la sexualidad conviven sin prejuicios ni imposiciones morales. En ese universo, la única regla es el respeto mutuo y el consentimiento, mientras que las viejas estructuras de culpa y represión han quedado atrás junto con el planeta que las vio nacer.
Todo ello, y confirmado por el mismo Germán Vergara, está inspirado en las lecturas de Friedrich Nietzsche. Así, se propone una reivindicación del cuerpo y de la condición humana como seres naturales, cuestionando la primacía de la idea del alma y de las restricciones morales asociadas al deseo.
Desde esa perspectiva, Club Hawaii deja de ser simplemente un escenario dentro de una historia de ciencia ficción para convertirse en el símbolo de una humanidad que, tras el colapso de su mundo, busca reconstruirse desde la libertad, el conocimiento y la aceptación de su propia naturaleza.
El arte de portada, basado en una idea de Germán, muestra un edificio moderno con elementos de arquitectura nostálgica, la fachada misma del Club Hawaii, y la notable ejecución del ilustrador chileno Omar Galindo, que entregó una imagen art déco que parece a la vez una rocola y la entrada a un cabaret orbital.
Es notable encontrar los paralelismos numerológicos de Aisles. El 29 de julio de 2015 comenzaron a trabajar en la composición de «Hawaii»; exactamente un año después, el 29 de julio de 2016, el álbum fue lanzado oficialmente. La misma fecha vuelve a aparecer en 2017 con la grabación de «Live From Estudio del Sur«, y años más tarde, el 29 de julio de 2025, coincide nuevamente con el lanzamiento de «Blue Skies» y con el inicio de las grabaciones de «Irrationally«, su venidero trabajo al escribir estas líneas.
Además, la sala santiaguina Centro Arte Alameda, donde Aisles presentó y despidió «Hawaii», ardió durante los coletazos del estallido social chileno en diciembre de 2019. Poéticamente, el lugar donde se celebró un álbum sobre lo que se pierde, ya no existe.
¿Magia?, por lo menos esta música sí tiene mucho de ello.
Un mundo de libertad
El primer volumen abre con la minisuite «The Poet». Su primera parte, «Dusk», arranca con un mood decididamente jazz fusion de solvencia notable (atención al feroz trabajo de Felipe Candia) antes de disolverse en nubes psicodélicas, levantar la primera entrada vocal con un dramático talante y cerrar con una coda instrumental feroz.
La parte dos, «New World», vendría siendo su antítesis, un crescendo inquieto que desemboca en la reaparición del motivo inicial y un delicado canto vocal de Vergara. El arco se cierra antes de que el oyente entienda que ya está adentro.
«Year Zero» comienza con el rugido del despegue del transbordador que alejará a los terrícolas de su planeta, y es la única pieza cantada por Germán Vergara, emergiendo entre medio unas delicadas líneas de guitarra, sintetizadores cósmicos después, en una zona donde Pink Floyd y el Vangelis más cinematográfico se dan la mano.
Su piano final se derrama sobre «Upside Down», una suerte de balada romántica y armonías vocales de raigambre Queenera y Genesiana, donde Germán además presta la voz a un personaje, The Old, y donde los créditos incluyen todavía a Alejandro Meléndez, señal de que la idea venía madurando desde bastante antes.
Cerramos el primer disco con «CH-7», más de doce minutos ambientados en los años de la minería de asteroides que sostuvo la construcción de los primeros hábitats. Acá Gaete despliega su paleta espacial completa, donde el bajo jazzy de Baird-Kerr brilla y donde el clímax final resulta tan luminoso como inquietante, una técnica que Aisles domina en este trabajo a la perfección.
El segundo volumen es el corazón del álbum para este editor. «Terra» dedica cinco minutos a la melancolía pura en medio de una lluvia de arpegios acústicos exquisitos, para después estallar en una sección jazzy fusion de raíz folclórica sudamericana. Es el momento en que la Tierra recordada desde el exilio suena, inevitablemente, a este continente.
Uno piensa en Los Jaivas, en la línea que la propia banda reivindica cuando habla de Violeta Parra o de Hindemith 76 como antecedentes de la vanguardia chilena, cosa que, por supuesto, es absolutamente cierta.
Le sigue «Pale Blue Dot», con un guiño directo a Carl Sagan, estableciendo casi diez minutos sostenidos por una consistencia melódica soberbia y algún interludio precioso de linaje yessiano. Por su parte, «Still Alive» y «Nostalgia» funcionan como una suerte de dos caras de la misma moneda. La primera, una balada eléctrica de densidad emocional muy cercana a Marillion; la segunda, apenas dos minutos acústicos y caleidoscópicos que preparan la entrada al club.
Porque si, «Club Hawaii» es un clímax tan bien elaborado que la misma banda, cuando ensayaban el disco completo, terminaba sobrecogida después de tocarla. La pieza es mitad radioteatro, con Rebecca Bell como anunciadora, Matthew Baxter como recién llegado y la banda entera haciendo de parroquianos, y mitad despliegue de guitarras duales en su mejor forma.
Después solo queda descender con «Falling», dos minutos de piano y voz de una desnudez conmovedora, e «In The Probe», donde voluntarios son enviados en animación suspendida en direcciones distintas, viajando siglos, sabiendo que no volverán.
Así, la música se apaga hacia la nada, suspendida en el vacío cósmico, siendo uno de los finales más notables que podrás encontrar en un disco de progresivo latinoamericano del siglo XXI.
Diez años de una respuesta
«Hawaii» le dio a Aisles menciones entre lo mejor de 2016 en diferentes portales de música especializada, giras por Chile, México, Estados Unidos y Europa (Holanda, Bélgica, Francia y el Reino Unido en aquella primera vuelta de octubre de 2016) y la validación de haber abierto en Santiago para los shows de Marillion, Focus y Riverside.
A diez años, este doble no es solo probablemente el álbum más ambicioso de la música progresiva chilena de este siglo; es también la última fotografía completa de una alineación que ya no existe, tomada en el mejor momento de todos sus integrantes.
Aisles imaginó el fin del mundo y se preguntó qué cosa merecía sobrevivirlo. La respuesta, un club donde la gente se reúne a recordar las letras de un poeta anónimo y un disco de jazz, mientras viven en una sociedad basada en el respeto y la liberación.
Esto sigue estando dentro de las cosas más hermosas que ha dado el género en nuestro continente.
Aisles ha lanzado una promoción especial por el 10° aniversario con ediciones en CD y vinilo del álbum a precio reducido hasta el 31 de agosto, una oportunidad para reencontrarse con una de las obras más ambiciosas del rock progresivo chileno y con el universo conceptual que marcó una etapa fundamental en su trayectoria.
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