«The Roaring Waves» de Steve Hackett y Steve Rothery: un mar bastante calmo
Las colaboraciones entre estrellas en el mundo de la música, o los llamados dream teams, rara vez pasan de ser meras fantasías de los fanáticos. La mayoría o no pasan de rumores, o se alargan en el tiempo lo suficiente como para que les perdamos el rastro.
En el caso de Steve Hackett y Steve Rothery, pasaron al menos doce años de rumores, menciones, desmentidos, fechas tentativas y postergaciones, por lo que todo indicaba que no iba a pasar de palabras de buena crianza al estilo de: me encantaría que hiciéramos algo juntos en el futuro.
En ese sentido, «The Roaring Waves», aparecido el 28 de agosto de 2026 a través de InsideOut Music, es de esos pequeños milagros donde dos guitarristas se unen con un objetivo en común, pero sin la aparatosidad que uno esperaría de una cumbre entre dos de las figuras más reconocibles del progresivo británico.
Los caminos de ambos se habían cruzado por lo menos desde 1984, cuando Ian Mosley, baterista de Hackett en los álbumes «Highly Strung» (1983) y «Till We Have Faces» (1984), se incorporó a Marillion. Un par de años más tarde, en febrero de 1986, Hackett subió al escenario del Hammersmith Odeon para tocar «I Know What I Like» junto a los comandados por Fish.
Ya en el presente siglo, Rothery grabó la guitarra de «The Lamia» en el logradísimo disco tributo «Genesis Revisited II» (2012), además de participar en la regrabación de «When the Heart Rules the Mind» de GTR (2018), y volvió a acompañar a Hackett en el Royal Albert Hall en octubre de 2024, durante la celebración del cincuentenario de «The Lamb Lies Down on Broadway» (1974).
Por lo tanto, un nuevo disco entre estas dos figuras era solo cuestión de tiempo.
Rothery nació en South Yorkshire, en una comunidad minera donde su abuelo banjista y fotógrafo aficionado murió de neumoconiosis, pero a los seis años, tras la separación de sus padres, la familia se mudó a Newholm, una aldea diminuta y aislada a milla y media de Sandsend y otro tanto del mar.
Esa caminata infantil a través de los campos hasta la playa es, según sus propias palabras, su recuerdo más persistente. A los once se trasladó al pueblo de Whitby, lugar cargado de mitología marítima, donde, por ejemplo, el capitán Cook zarpó a cartografiar el mundo, o hechos ficticios famosos como el desembarco del conde Drácula original del escritor Bram Stoker.
Así, Hackett y Rothery viajaron expresamente a Whitby con sus esposas, se alojaron en un hotel y salieron a caminar buscando la inspiración del lugar. De allí el concepto del mar y sus olas rugientes que rompen en furia contra la costa, pero que a la vez pueden cargar con una energía realmente sanadora para nuestros sentidos.
Las sesiones se extendieron por ocho años entre el estudio de Marillion en Aylesbury Racket Club y los estudios caseros de ambos. Junto a Hackett (quien también usa su armónica) y Rothery (también en bajo y teclados), trabajaron Riccardo Romano en más teclados y bajo, además de productor, responsable de la mezcla y coautor de tres piezas, y Daniele Pomo en batería, ambos miembros de los italianos RanestRane de la Steve Rothery Band, más Leon Parr en la batería de las dos piezas finales.
Mentiríamos si dijéramos que nos fascinan las contribuciones instrumentales de Romano y Pomo, ya que sirven más como una efectiva base, una suerte de andamiaje para que el dúo de guitarristas brille bajo los reflectores.
El resultado de esta inspiración son siete piezas instrumentales bastante cinematográficas que establecen un mood reflexivo, bastante atípico para un trabajo de dos guitarristas virtuosos del progresivo. En conjunto, cronometran 45 minutos, medida que le sienta particularmente bien a este tipo de música instrumental.
La producción de «The Roaring Waves» puede ser divisiva. Acostumbrados a los sonidos hipercristalinos de los lanzamientos del rock progresivo en 2026, acá el dúo da un giro intencionalmente retro que incluso raya en lo ochentero en ciertas partes. Ciertamente, es un choque al oído acostumbrado al siglo XXI, pero no afecta demasiado la escucha.
La impactante ilustración del arte de portada refleja de forma figurativa el concepto del disco, con un pequeño barco enfrentándose a la inmensidad y la furia del océano, obra de Simon Ward.
El mar rugiente
«The Storm» nació de una jam en el Racket Club y abre con graznidos de gaviotas y un Mellotron que funciona como brisa marina. Quizá es la única pieza del álbum que realmente remite a esas «olas rugientes» de las que habla el título, y por lo mismo, es una de las cumbres del álbum.
Hackett plantea el riff con ese sustain tan característico suyo, Rothery lo recoge y Pomo ancla todo con el beat, emulando una tormenta costera perfecta. En los últimos minutos, las nubes se esfuman y unos teclados cristalinos sugieren el sol abriéndose paso entre las nubes. Definitivamente, algo hay de las estructuras más hackettescas de cosas como «Tigermoth«.
El lado más rotheryano aparece en la ya mencionada localidad «Sandsend», de la niñez de la figura de Marillion. Como el lector inteligente anticipará, es la pieza más nostálgica del conjunto, con una tarareable melodía que podría perfectamente haber sido cantada, acompañada de unas capas de teclado que remiten al Rick Wright de los años ochenta.
«Red Dragon» fue un navío inglés que hacia 1595 operó contra la América española y que luego navegó al servicio de la East India Company. Tenemos de inicio una zanfona, instrumento medieval europeo que Rothery eligió deliberadamente, pero que a la vez despliega el costado más rockero del dúo.
Guitarras con timbres de resonancia oriental y ese diálogo entre la sitar-guitarra de Hackett y las líneas más pesadas de Rothery nos revela que la química entre ambos está más que probada. Es inevitable pensar en ciertas cosas de Camel o al Hackett de «Spectral Mornings».
La homónima «The Roaring Waves» es otra cima del trabajo. Abre con esas líneas de guitarra española indiscutiblemente hackettianas y nos recuerda que cuando el ex-Genesis toma la acústica, la maravilla está asegurada. Así, se suma la guitarra eléctrica de Rothery y unos teclados marciales que parecen querer imitar el oleaje, incrementando la tensión de forma elegante. En los minutos finales, la tensión cede y todo desemboca en hermosos arpegios de piano y acústica.
Seguimos con una historia que siempre ha fascinado al guitarrista de Marillion y la pieza que probablemente es la favorita de este editor de todo el LP. «K-129» toma su título del submarino soviético que se hundió en el Pacífico Norte en 1968 con toda su tripulación a bordo, y cuyo rescate parcial por parte de la CIA originó la célebre frase de no podemos confirmar ni desmentir, y se presume que su fin era provocar una guerra entre China y Estados Unidos.
Ello se refleja en el trance krautrockero en sus variantes más electrónicas, donde podemos escuchar los ecos del proyecto con el actual líder de Tangerine Dream, Thorsten Quaeschning, llamado Bioscope. Así, el beat simula el avance repetitivo bajo el agua, los pings del sonar atraviesan nuestros oídos y las guitarras pintan trazos marítimos exquisitos, donde Rothery comanda el registro melódico y Hackett se lleva el peso de la distorsión.
Es que si tienes en la delantera a dos de los guitarristas más geniales del progresivo en un estado asi de inventivo, poco puede salir mal.
El single de «The Black Sea» es un descenso a la profundidad mediante marimbas, arpegios y una melodía emotiva que nos arrastra hacia abajo desde el minuto y medio. La Stratocaster cristalina de Rothery brilla sobre las texturas de Hackett. Más convencional que la pieza anterior, pero no por ello con mens calidad.
Cerramos con la inesperada, desenfadada y bluesy «Pacific Coast Highway» con órgano Hammond, cambios de tempo constantes y coros femeninos sin letra (aportados por el entorno familiar de ambos músicos) que finalizan el trabajo con una nota más liviana, aun cuando a los oídos de este editor, faltaría algo más majestuoso para concluir. Una pieza con vocación de penúltima, más que de última.
¿Un mar más calmo de lo que esperábamos?
«The Roaring Waves» no es un trabajo que nos inspire ese terror del mar rugiente azotado por la tormenta que sugiere su arte y su título, sino más bien un viaje muy bien pensado para influir ondas alfa y theta del mar en nuestro cerebro. El trabajo ideal para escuchar con un par de audífonos en una pieza oscura y dejarse llevar.
Un trabajo donde estuvieran involucrados dos nombres tan importantes como Hackett y Rothery tenía la calidad asegurada ya hace cuarenta años, pero lo que podría haber sido más inesperado, y agradecemos profundamente, es que ninguno de los dos «intente ganar» en la mezcla.
Así, el disco funciona porque cada músico escucha lo que hace el otro y responde, convirtiendo lo que podría haber sido un guitar fest en un diálogo maduro de dos músicos amigos que nada tienen que demostrar a estas alturas.
Un mar bastante más calmo de lo que esperábamos, sin duda.






