«Suspiria» de Goblin, la bruja del rock progresivo italiano
El 11 de febrero de 1977, mientras el filme «Suspiria» del cineasta Dario Argento llegaba a las salas italianas, un grupo de militantes neofascistas del FUAN irrumpía en la Universidad La Sapienza de Roma, encendiendo la mecha de lo que se conocería como el Movimento del ’77.
Como te comentamos en nuestra reseña de Jacula, eran los anni di piombo donde la agitación social, política e incluso el terrorismo parecían ser el pan de cada día. Después de aquella irrupción en la universidad italiana, el 17 de febrero, el líder sindical Luciano Lama fue expulsado a golpes y patadas; el 11 de marzo, el estudiante Francesco Lorusso caía abatido por un disparo de los carabinieri en Bolonia, y el ministro del Interior, Francesco Cossiga, respondía desplegando a los militares en la calle.
Al día siguiente, la policía allanaba una radio pirata contracultural llamada Radio Alice y la silenciaba. En mayo, la joven estudiante Giorgiana Masi moriría baleada junto al puente Garibaldi, en Roma.
En aquella época, y tal como nos comentó Bernardo Lanzetti en una placentera conversación que tuvimos hace varios años, era la época donde la revolución llegaba hasta los mismísimos shows de rock progresivo, asediados por los autoriduttori, jóvenes que, convencidos de que la música debía ser gratuita, asaltaban escenarios y sometían a juicios públicos a cantautores y bandas.
Todo, mientras festivales legendarios como el Umbria Jazz preferían simplemente cerrar por fuera.
El rock progresivo italiano, que había vivido una edad de oro con bandas de proyección internacional como Premiata Forneria Marconi, Banco del Mutuo Soccorso, Le Orme o Area, ya entraba en su ocaso. De hecho, el propio Claudio Simonetti sitúa que el peak del PRI fue entre 1975 o 1976.
Y mientras en Italia el terror reinaba en las calles, la cosa también se reflejaba en el cine local, puesto que la industria vivía la fiebre del cine de género, entre el giallo, el poliziottesco y el horror gótico; y Argento era todo un ícono de aquello desde el filme «L’uccello dalle piume di cristallo» (1970).
Por otro lado, Goblin se formaba gobernado por el teclado del ya mencionado Claudio Simonetti, nacido en 1952 en São Paulo, hijo del pianista y popular animador televisivo Enrico Simonetti, y que vivió en Brasil hasta los once años. Junto al guitarrista Massimo Morante y el bajista Fabio Pignatelli había formado Oliver, pasado un año en Inglaterra grabando demos y regresado a Roma para fichar con el sello Cinevox, donde publicaron un único y bastante discreto álbum bajo el nombre de «Cherry Five» (1975).
El destino cambió cuando Argento, insatisfecho con la partitura jazzística de Giorgio Gaslini para «Profondo Rosso» (1975) y tras recibir una negativa de Pink Floyd, llamó a la banda de Claudio, quienes aceptaron de inmediato. Grabado en apenas dos semanas, aquel disco encabezó las listas italianas, de donde lo terminó desbancando, ironías del destino, el mismísimo Enrico Simonetti.
Tras el instrumental y recordado álbum jazz fusionesco «Roller» (1976), el director volvió a tocar la puerta de estos duendes maléficos.
Esta vez la película requerida para banda sonora era «Suspiria», inspirada libremente en los ensayos de Suspiria de Profundis (1845) de Thomas De Quincey y coescrita con Daria Nicolodi. La historia nos pone en la piel de Suzy Bannion (Jessica Harper), una bailarina estadounidense que llega a una academia de danza de Friburgo, a las puertas de la Selva Negra, regida en secreto por un aquelarre.
La primera entrega de la recordada Trilogía de las Tres Madres fue, además, una de las últimas películas procesadas en Technicolor por imbibición, en la última máquina que quedaba en Roma; de ahí esos rojos y azules tan característicamente vintage.
Si «Profondo Rosso» se había compuesto y grabado en un tiempo récord dos semanas, «Suspiria» le tomó a Goblin cerca de dos meses de proceso creativo. La banda compuso primero algunos demos a partir del guion, que Argento llegó a reproducir en el set para sugestionar a los actores, pero que tras ver el primer montaje, lo rehicieron todo.
El encargo del director era simple: el público debía sentir la presencia de la bruja en cada pieza de la BSO.
Para aquella tarea, Simonetti se rodeó de un arsenal de mellotron, órgano Elka, celesta, Fender Rhodes, piano de cola, Minimoog y un gigantesco Moog System 55 (el mismo de Keith Emerson), para cuyo manejo contó con la ayuda del compositor Felice Fugazza.
Morante se repartió entre guitarras y bouzouki griego; Pignatelli, entre bajos normales y fretless, además de tabla india; y Agostino Marangolo se hizo cargo de la batería y la percusión, con su hermano Antonio Marangolo como invitado en saxofón.
A falta de samplers, el cuarteto recurrió a todo lo que pudiese emitir algún tipo de sonido «siniestro» para adornar las composiciones, como vasos plásticos aplastados frente al micrófono con eco, copas de agua golpeadas con martillos, susurros y alaridos.
El arte de portada es simplemente legendario y una de las grandes iconografías del séptimo arte, con esa figura de una bailarina atravesada por un baño de sangre. En el antiguo LP se abría como la tapa de un baúl y desplegaba un pop-up con figuras de la película, parecido al efecto del vinilo original de «Stand Up» de Jethro Tull.
Gracias a esto, el LP de «Suspiria», salido a la venta el 15 de junio de 1977, funciona de pleno derecho como un álbum de rock progresivo, pues fue compuesto como un rompecabezas de canciones completas y de desarrollo seccional.
Así, poco tiene que envidiar a discos del PRI de la era, teniendo un concepto de pesadilla ritual de la cara A y una suerte de regreso a la fusión de la cara B, pero en clave maléfica; todo atravesado por la personificación de la bruja del filme.
Un aquelarre en ocho actos
El disco abre con la homónima «Suspiria», una de las piezas más reconocibles del cine de terror de todos los tiempos, y probablemente una de las mejores piezas del prog rock itálico. Simplemente no tiene desperdicio, con esa intro que parece salida de una caja de música maldita, mientras el bouzouki, la tabla y el bajo de Pignatelli aparecen lentamente como un depredador agazapado listo para saltar sobre su presa.
Después de ello, tenemos uno de los motivos en mellotron con cinta de órgano de iglesia más famosos de toda la historia, mientras Claudio nos susurra ese famoso witch! que realmente eriza la piel, hasta que un Wakemaniano Moog entra en esa sección de pesadilla.
Solo se nos antoja demasiado corta, pues -no podemos ser rupturistas- es la mejor canción de todo el disco.
La sucesora «Witch» nos recuerda que estamos también frente a una BSO, con ese rito tribal de percusiones, gritos desgarradores y descargas de sonidos muy avant garde que en la película acompaña la muerte de Pat, arrancando casi un minuto antes de que ocurra nada.
Tras los 32 segundos de «Opening to the Sighs», «Sighs» cierra la cara A como un descenso a la locura: respiraciones, suspiros y voces espectrales sobre un bouzouki desorientador. En la película, aparece la Madre de los Suspiros, cuya respiración delata su presencia en el filme.
La cara B estalla con «Markos», bautizada en honor a Helena Markos, la emigrada griega que fundó la academia en 1895. Tenemos acá un Goblin en modo hard rock, con riffs demoledores hermosamente arreglados con Moog.
«Black Forest» toma su nombre de la Selva Negra que rodea Friburgo, y arranca con riffs caóticos que se desarman en un groove funk viscoso, con el saxofón de Antonio Marangolo en una especie de jazz fusión italiano, muy en la línea de lo que estaban haciendo por esas mismas épocas bandas como Il Baricentro o Arti & Mestieri.
«Blind Concert», cuyo título parece evocar a Daniel, el pianista ciego de la academia degollado por su propio perro en la Königsplatz de Múnich, prolonga esa veta fusión durante más de seis minutos, y sirvió de cara B al single de la pieza homónima.
Es aquí donde reaparece el Goblin de «Roller» (1976), un cuarteto de virtuosos que podría haberse medido con lo mejor del prog europeo.
Finalmente, cerramos con «Death Valzer», un vals ligero y etéreo de menos de dos minutos, tomado de la escena de ensayo de ballet, y que francamente sirve de coda para quien realmente vio la película.
La bruja que nunca se fue
Película y disco fueron un éxito, pero el verdadero hechizo de «Suspiria» fue demostrar que no solo las guitarras eléctricas pesadas en acordes disminuidos podían sostener una banda sonora de terror, sino que un sintetizador podía ser tan o incluso más terrorífico; algo que prácticamente nadie hacía hasta entonces.
La influencia de la BSO de «Suspiria» llegaría a tanto que el famoso director John Carpenter ha reconocido a «Suspiria» entre las influencias de su música para su película «Halloween» (1978), declarándose un gran admirador de Goblin.
Goblin pudo ser una banda muchísimo más grande lo que fue, pero se fracturó en varias facciones que hasta el día de hoy siguen encarnizadas en un litigio durísimo que nos llegó a salpicar hasta nosotros acá en ProgJazz, con un sendo strike en RRSS, pero mejor no ahondar en aquello.
Morante falleció en 2022 a los 70 años y Walter Martino (quien tocó batería en «Profondo Rosso») falleció en 2026. Por mientras, Simonetti sigue recorriendo el mundo interpretando la música del mítico ensamble bajo el nombre de Claudio Simonetti’s Goblin, la única facción que tiene pleno derecho para interpretar legitimamente a Goblin sobre los escenarios. Puedes visitar el sitio web del proyecto acá.
«Suspiria» es, en definitiva, un disco muy hijo de su tiempo, tanto por el reflejo de una violenta Italia que se desangraba en las calles y que encontró en la pantalla un terror más bello y, paradójicamente, más soportable.
Una obra maestra del prog italiano escondida en la sección de bandas sonoras, que casi cincuenta años después sigue susurrándonos al oído witch! y helándonos la sangre como toda la vida.








