«Fusioon 2», un experimento atractivamente escamoso
Mientras buena parte de España arrastraba los estertores del franquismo, con censura de por medio y una suerte de pop pasado por cloro, en Cataluña se cocía a fuego lento una de las escenas más insólitas y ambiciosas de la Europa musical del momento.
Alrededor de la sala Zeleste, inaugurada en 1973 en la Barcelona del Born, floreció la llamada ona laietana, una suerte de movimiento mediterráneo que fundía el naciente jazz rock, el rock progresivo, la rumba y la salsa, y que alumbró nombres como la Companyia Elèctrica Dharma, Iceberg, Gòtic, Música Urbana o la Orquestra Plateria.
Pero la chispa había saltado antes y algo más adentro, en Manresa, Cataluña, ciudad industrial a sesenta kilómetros de la capital. Allí, en 1970, dos amigos de la infancia, el pianista de conservatorio Manel Camp y el baterista Santi Arisa, fundaron un grupo que originalmente se desempeñaría como orquesta de baile para discotecas con covers de Santana.
Pronto se darían cuenta de que su nivel individual los empujaría hacia territorios prácticamente inexplorados en la música española (o catalana, antes de que nos peguen).
Tras un fugaz paso de Alfred Pla y Paco Chacón, la formación se fijó con Camp (piano, órgano, sintetizador, mellotrón y voz), su hermano Jordi Camp (bajo y voz), Martí Brunet (guitarra, sintetizador y voz) y Arisa (batería, percusiones y hasta guitarra clásica).
De esta forma, su presentación en el Primer Festival de Música Progresiva de Granollers (1971) les valió un contrato con el sello Belter, casa discográfica que en aquella época promocionaba copla y pachanga, pero que abría entonces su catálogo Belter Progresivo en respuesta a la abundante oferta anglosajona que llegaba de importación, con nombres como Emerson, Lake and Palmer o Yes, ambos favoritos de la península ibérica.
El debut «Fusioon» (con dos «o» por decisión estética) de 1972 era casi enteramente un ejercicio de reinterpretación progjazz de piezas ajenas, como «La danza del molinero» de Falla, la «Negra sombra» de Rosalía de Castro, incluso su propia versión de la Tocata y fuga de Bach, que salió como single.
En octubre de 1973, una gira por Brasil con shows en vivo e incluso pasadas por estudios de televisión les inyectó confianza a raudales.
Con aquellos nuevos bríos entraron en el Estudio de Grabación Belter en enero de 1974, con Josep Llobell como productor, para dar lugar a composiciones totalmente propias (de Manel, algunas también firmadas con Jordi), mientras que todo el cuarteto aportaba voces en castellano y catalán, aunque más allá de transmitir un concepto o mensaje profundos, están ahí para servir como un instrumento fonético incidental, dada la naturaleza instrumental de la música.
Así, llegaría «Fusioon 2» en algún punto absolutamente indeterminado de 1974, con su fluorescente y extraño arte de portada de un cocodrilo verde sobre un fondo rojo/anaranjado firmado por Elena Ruiz. Si agudizamos la vista, se observan una suerte de siluetas de cómic muy setentosas.
Gracias a esa llamativa portada, hoy en día no se le conoce de otro modo que como el disco del cocodrilo. ¿Y la música?, igual de descolocante.
Al galope del cocodrilo
El disco abre con el que fue el single, «Farsa del buen vivir», la pieza más atractivamente luminosa del LP cantada al unísono por los cuatro integrantes. Inmediatamente seductora para un oído progresivo, lo cierto es que suena un tanto deudora de los cortes más accesibles de Gentle Giant; e incluso uno juraría estar ante una especie de cover de algún deep cut de los hermanos Shulman.
En todo caso, se disfruta bastante e incluso puede llegar a recordar a algunas cosas que haría Spock’s Beard varias décadas después.
Le sigue «Contraste», que sube la apuesta, con un Brunet disparando fraseos rápidos mientras el grupo alterna pasajes contrapuntísticos alegres y disonantes, sin perder groove gracias a una sección rítmica totalmente compenetrada, todo aderezado con un Hammond muy canterburiano.
Para cerrar este lado del vinilo, tenemos la que se antoja como clímax de todo el trabajo. «Tritons» (dividido en «1ª Parte», «Estampas», «Variaciones sobre un tema de Tchaikovsky» y «Conclusión»).
En sus más de 8 minutos de duración incluye varios solos de órgano de Manel Camp sencillamente monumentales que ya se los habría querido para sí Dave Stewart, Vincent Crane o Dave Greenslade. En algún pasaje se cuela, con pulcro respeto y sin sonar a pastiche barato, el motivo del célebre tercer movimiento de la Sexta Sinfonía Patética de Tchaikovsky, arropado por un swing jazzero que lo lleva de paseo sin despojarlo de su épica.
La cara B arranca con «Diálogos», que se estrena con efectos de viento sintetizados, aderezado con un xilófono en clave de música concreta, antes de que el piano eléctrico arme el cuerpo central y un jam envolvente donde Arisa se revela como un baterista sumamente competente. Lástima ese fade out algo abrupto que priva a la pieza de un cierre a su altura, sobre todo por el endiablado jam que sostenían hasta ese entonces.
Cerramos con el viejo conocido de «Concerto grosso», casi diez minutos repartidos en «Tema y variaciones», «Aria», «Rondó» y «Final». Pasamos del progjazz swing a elaboraciones barrocas, un remanso minimalista, cruces entre Egg y Gentle Giant e incluso arreglos de coros gregorianos, para rematar con un final épico y no exento de humor. Un broche coherente para un disco que nunca dejó de guiñar el ojo.
Agridulce
«Fusioon 2» no fue un éxito de ventas, pero cimentó un público de culto y hoy es recordado como una verdadera obra maestra catalana. Aun así, quizá el doble LP «Minorisa» (1975) llevaría su ambición a nuevas alturas antes de que el grupo bajara el telón en 1976, con su despedida definitiva el 24 de febrero en el club Helena de Barcelona.
Después de ello, Brunet se sumergió en la electrónica; Manel Camp se convirtió en uno de los pianistas de jazz más cotizados de Europa, profesor de la ESMUC y colaborador de Serrat, Lluís Llach, Maria del Mar Bonet o Montserrat Caballé; y Santi Arisa fundaría Pegasus, un supergrupo de jazz fusión mediterráneo que llegaría a tocar en Montreux y el Carnegie Hall. Vale la pena checarlo.
Incluso, Mike Oldfield -el cual siempre ha sentido una especie de atracción con España; de hecho, vivió años en las Islas Baleares- habría quedado fascinado con este disco en aquella época, catalogándolo como uno de sus favoritos de los años 70′.
Verdad o mito, «Fusioon 2» sigue siendo una joya, cual reptil extraño pero luminoso del progresivo ibérico. Un imperdible para el oído conocedor.






