Vytas Brenner (Ofrenda) y Jayeche, una carta de amor para Venezuela

Mientras en buena parte de Latinoamérica los años 70′ se vivían escenas de gobiernos totalitarios, censura y clandestinidad para la música, la Venezuela de la época se encontraba en las antípodas, viviendo una embriaguez de bonanza envidiable.

Tras la crisis petrolera de 1973, el barril de crudo saltó de tres a doce dólares, y aquel maná convirtió al país en la célebre Venezuela Saudita. Bajo el gobierno de Carlos Andrés Pérez y su eslogan de La Gran Venezuela, nacionalizaría el hierro en 1975 y el petróleo en 1976, fundando PDVSA.

Así, Caracas se transformó en una urbe cosmopolita de autopistas, rascacielos y góndolas repletas de mercancía importada; una ciudad que llegó a presumir más restaurantes franceses que Nueva York.

Y claro, con tanto petróleo, no era raro que el país contase con una de las industrias discográficas más desarrolladas de América Latina, con modernas plantas de prensado de vinilos, estudios de grabación de alto nivel y la presencia de los principales sellos internacionales.

Más de alguno se habrá encontrado hoy en día con alguna vieja edición venezolana en ferias de discos usados de algunos de sus artistas preferidos, diciendo: ¿Esta edición es…de Venezuela?

En ese clima de abundancia, con divisas de sobra para importar el más moderno arsenal de instrumentos y sintetizadores punteros, floreció una de las escenas de música experimental más insólitas (y a veces injustamente olvidadas) del continente, poblada por nombres como Ángel Rada, Daniel Grau, Gerry Weil o la Onda Nueva de Aldemaro Romero.

De aquella misma generación, tendríamos al alemán-venezolano Vytautas Roman Brenner Stanzl.

Este natural de Tubinga (a 40 km de la tierra de Mercedes Benz y Porsche, Stuttgart) había llegado a Venezuela con apenas tres años, y tras una juventud entre Cataluña, Italia y los estudios de música electrónica en la Universidad de Tennessee, regresó a Caracas en 1972 para fundar La Ofrenda.

Con sus dos primeros álbumes, «La Ofrenda de Vytas» (1973) y «Hermanos» (1974) había erigido una especie de rock progresivo sinfónico que fundía ritmos locales como el joropo, el arpa y el cuatro con el lenguaje europeo, ganándose con justicia el sobrenombre del Rick Wakeman tropical y la consideración, para muchos, de ser el mejor de toda una camada que incluía a Témpano, Aditus o Equilibrio Vital.

«Jayeche», su tercer trabajo que cierra la llamada trilogía de Ofrenda, fue editado en 1975 por el sello Discomoda, marcando un punto de inflexión decisivo, donde un Brenner atento a las nuevas influencias viraba hacia un jazz fusión folclórico, sin renunciar jamás a su obsesión por cartografiar musicalmente a su patria adoptiva.

La grabación, registrada en los estudios del sello en Caracas y mezclada en los célebres Criteria Recording Studios de Miami, encarna esa ambición cosmopolita de la época. La producción corrió a cargo de Haakon Brenner, hermano del músico y socio creativo de siempre, mientras la ingeniería quedó en manos de Daniel Grau, él mismo pionero del space disco venezolano.

La banda llegaba renovada con un Vytas estrenando nuevos juguetes como un Fender Rhodes, un Micromoog, un Electrocomp y el secuenciador Oberheim DS-2, tras la avería de su viejo Arp 2600. Así, unía fuerzas con el guitarrista Pablo «Zenith» Manavello (guitarras eléctricas, sintetizadas y mandolina), el bajista Carlos Acosta, el baterista Iván «El Terrible» Velásquez (altamente influenciado por Billy Cobham) y los percusionistas Carlos «Nené» Quintero y Chu Quintero.

El arte de portada con esa suerte de espacio negro estrellado no destaca demasiado por su creatividad, y ciertamente falla en reproducir la luminosidad de la música. Algunas ediciones tienen agregado el nombre de Vytas Brenner, buscando mayor repercusión internacional.

Así, este ensamble da lugar a un trabajo enteramente instrumental donde se asoman las sombras de Mahavishnu Orchestra, Chick Corea y Return to Forever, e incluso ciertos guiños al krautrock de Agitation Free, pero con la suficiente identidad local como para aderezarlo con ritmos venezolanos llaneros y efectos de sonido del Caribe. ¡Difícil que escuches algo similar en tu vida!

Como era costumbre en Brenner, los títulos son una declaración de amor geográfico a las tierras de Bolívar, donde los golfos, lagunas, playas, montañas y fenómenos naturales venezolanos desfilan como estaciones de un viaje sonoro que va de la costa a la cordillera. ¡Incluyendo sonidos de la naturaleza!

Un mapa sonoro de Venezuela

El LP amanece con «Cariaco», que nombra al golfo y pueblo del estado Sucre, con un groove de jazz fusión nervioso donde el Rhodes de Vytas dialoga con la guitarra de Manavello en estado de ebullición. Le sigue la breve «Sancocho de Médula», cuyo título culinario y juguetón da cuenta del humor que Brenner nunca abandonaba, siendo una miniatura de teclados que sirve de transición. La introducción de Velásquez, eso sí, es sospechosamente parecida a «Vital Transformation» del debut de la Mahavishnu.

La calma llega con «La Restinga» (en algunas ediciones está mal escrita como «Restringa») evocando de forma exitosa el ambiente caribeño de la célebre laguna de manglares de la Isla de Margarita, preludio sereno de la pieza capital del álbum. El final, con efectos sonoros de playas y vientos de brisa marina, anticipa la próxima pieza sin solución de continuidad.

Así, «Playa de Agua» es la pieza más extensa del disco, comprendiendo una travesía de 9 minutos que parte de la contemplación atmosférica con efectos playeros que asciende hacia un desarrollo de intensidad creciente, donde sintetizadores y percusión tejen el paisaje marino, invitando al oyente a dejarse llevar por la ensoñación más pura. Es inevitable recordar a los mejores parajes del Santana jazz fusión, que estaría sumergido en experimentos muy parecidos por esta misma época.

La cara B se abre con la diminuta «Canchunchú Florido», otro topónimo margariteño muy folclórico, antes de uno de los cortes más logrados del conjunto. «6 Por Electrón» llega desplegando una vigorosa fusión que toma prestado el 6/8 del joropo para trasladarlo al lenguaje del rock progresivo. La verdad es que solo por esta pieza se justifica la compra de este trabajo, y sirve del vehículo perfecto para que Brenner despliegue su nuevo arsenal de sintetizadores sin sofocar jamás el swing de la sección rítmica.

Llegamos entonces sin solución de continuidad a la pieza homónima «Jayeche», un auténtico ensayo sobre timbres y texturas krautrockianas que delata el origen primordial de Brenner, declarándose musicalmente discípulo de la música electrónica docta, asomándose a un terreno de vanguardia pura.

«Catatumbo», en alusión al río y al célebre Relámpago del Catatumbo que centellea sobre el lago de Maracaibo, recupera los aires folclóricos con cuatro y percusión, devolviéndonos a tierra firme en un rock que puedes llevar el ritmo con el pie. ¡No se pierdan unos tremendos solos wakemanianos!

El penúltimo corte, «Caracas Para Locos», fue un verdadero éxito en la Venezuela de la época por su carácter reivindicativo, siendo un retrato caribeñesco irónico y cariñoso de la capital frenética de la Venezuela Saudita, y quizás es la pieza más reconocible del disco.

Cerramos «Ávila», homenaje al cerro tutelar que vela sobre Caracas, en un último regreso al jazz rock electrónico que redondea con elegancia este viaje de costa a cumbre.

Una ofrenda a la tierra adoptada

A la hora que escribimos estas líneas, Venezuela ha sido azotada por dos terremotos que seguramente quedarán como marcas a fuego en toda una generación. «Jayeche», por otro lado, suena a esa Venezuela pujante y profundamente enraizada en su llano y su costa que celebra la riqueza cultural de un país.

Dedicamos esta reseña, con respeto y afecto, al pueblo venezolano.

Brenner en aquella época no se limitó a importar el prog anglosajón, sino que lo puso al servicio de una venezolanidad sonora que pocos han igualado, fundiendo el arpa con el Moog y el joropo con el jazz rock sin que la costura se notara. Tras este disco vendría el monumental doble en directo «En Vivo!» (1977), posiblemente el primer álbum doble grabado en vivo en el país, y luego una deriva hacia terrenos más comerciales que algunos prefieren olvidar.

El maestro fallecería en 2004, lejos, en Salzburgo, dejando un puñado de obras esenciales que todavía esperan su justo rescate.

«Jayeche» es una pieza fundamental del prog y fusión latinoamericana proveniente de una trilogía absolutamente ineludible. Una suerte de atlas eléctrico de una tierra soñada que deseamos que vuelva, más temprano que tarde.


ProgJazz es un colectivo unido por la amistad nacido en 2007, y que busca difundir música sobre la base del rock progresivo, el jazz, la música de vanguardia y todos sus géneros asociados.

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